Después de la paz
Por Wendy Guerra para el diario El Mundo 29 de septiembre de 2009.- Para Hugo, para los que no llegamos a tiempo...
Carlos Varela y yo compartimos un cordón umbilical que nos conduce a un secreto promontorio poblado de ideas y sensaciones comunes, un patio que no podemos abandonar. Ambos vivimos y creamos en La Habana, sitio del que ahora me encuentro lejos; estoy en Francia presentando 'Mére Cuba', la traducción francesa de 'Nunca fui primera dama', mi segunda novela. Cuando salí de Cuba, Carlos me regaló una copia de su nuevo disco, 'No es el fin', y ensayaba la posibilidad de interpretar la canción Muro, que a este lado del Atlántico popularizó Miguel Bosé, y que yo me repito bajito alguna de esas noches por las que todos hemos pasado:
"Luna, algo está sucediendo, que estoy sintiendo que esta vez me están dejando solo, o al menos solo como la noche" Cuando estoy en La Habana y escucho a Carlos comprendo...
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Es la paz de mi Guerra. Una guitarra y su mano en mi cabeza, mientras me explica, con gestos, lo que va componiendo día a día. Extraño esa proximidad, ese contarnos lo que vamos creando. Recuerdo los momentos en que me he sentido tan lejos y tan cerca de la isla y los amigos, el MURO; mi MURO y ese agudo que invocan los oídos cuando no sabes nada de allá y escuchas que "algo está sucediendo" y te lo estás perdiendo. Cuba, para mí, es mucho más que el rumor o el ruido de lo que te comentan en la televisión. Durante el concierto, acostada en mi cama de hotel, pude ver algunas entrevistas y fragmentos del espectáculo vía Internet. La hija de una amiga me escribió una nota donde cuenta que regresó eufórica y descalza a casa porque perdió un zapato en medio del gentío. Su espíritu de 16 años me proyectó hacia los ochenta, cuando llegaba yo de un concierto de Silvio o Pablo, y husmeaba en el refrigerador, loca por beber o comer algo y pensaba que todo lo que tarareaba cambiaría nuestras vidas. "¿Qué pasará ahora, quienes vendrán después? ¿Vienen a vernos o vamos a verlos?", me pregunta. Ya en mi madrugada, rescaté a Carlos en las imágenes. En efecto, nunca se quita su camisa negra, incluso hemos nadado juntos, y él, flota sobre el azul vestido de negro, no es un mito.
Lo escuché cantar sobre LA VERDAD, ésa verdad que provoca muecas, las noticias irreversibles, las definiciones irreversibles que sólo atinas a comprender cuando reconoces que nadie tiene la verdad. Estaba en París, pero estaba sin mi familia: LOS AMIGOS. Me pregunto en qué lugar estarían en ese momento mi amiga Oma, mi esposo Ernán; si X Alfonso estaba junto a Susana antes de salir a cantar. Olvidé París y me dediqué a rescatar fragmentos del concierto, traté de armarlo como a un rompecabezas. Hice apuntes, quise escribirles lo que sentía desde lejos, pero no me atreví a enviarlos. ¿Qué podría decirles? Unas horas más tarde, recibí una carta llena de sensaciones, sentimientos, aromas. Todo Carlos inundó mi espacio parisino.
Aquí va un fragmento de lo que él sintió un poco después de su actuación. Dice Carlos:
"Cuando supe que era Miguel Bosé quién me invitaba a este gran concierto pensé que sería muy especial cantar por fin juntos, la canción MURO ese día, en La Habana, para el mundo y por primera vez. Parecía que esa tarde el cielo y la tierra se unían y que las nubes blancas bajaban a mezclarse entre tantas almas. Desde el escenario se te perdía la vista y daba la impresión que la gente levitaba suavemente en el aire, aferrados a sus sombrillas grises. Es la primera vez que veo a esa plaza de otra manera, de otro color, otra vibra, otra energía. Sin consignas, sin fotos, ni desfiles militares. Solo amor, paz y música; mucha música y mucho respeto. El pueblo y la familia cubana se merecen esa bendición y más. Debemos estar muy agradecidos primero a la fe y a la fuerza de voluntad de Juanes, de Bosé y Olga Tañón que contra viento y marea enfrentaron todas las tormentas y llevaron adelante el barco, pero sobre todo hay que agradecerle a la gente de pueblo, a la gente de a pié, que desde muy temprano estaba allí por su propia voluntad, a pesar del calor y los desmayos, apoyándose los unos a los otros para que ese sueño se hiciera realidad en La Habana".
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Ahora no sé que vendrá, no puedo contestar la pregunta que hace la hija de mi amiga y que también, obsesivamente, me hacen los periodistas. Yo tengo mucha fe, mi fe consiste en que se abrirán algunas puertas (que se abra la muralla) creo que es el deseo de casi todos. Bajar las armas, dejar el rencor a un lado, entendernos, que este encuentro sea un acuerdo-acorde-sostenido. ¿Será posible que la música pueda conseguir lo que los políticos no han logrado en tantos años? Cierro los ojos y viajo al concierto. Carlos siempre me sobrecoge, tiene el don de dibujar y describir hasta ponerme en el lugar de los hechos. ¿Qué viene después de la guerra cotidiana contra el dolor y por la supervivencia? Me imagino que viene la Paz. Viene una canción. Viene un suspiro de alivio. Una esperanza. Una palabra que nos reúna. La conexión de una generación que resguarde lo que estamos pidiendo desde arriba, desde abajo y desde cualquier rincón del mundo. ¿Cómo hacer para poner un alto sobre el desastre y la deriva de la incomprensión? Acontecimientos reales acompañan sensaciones irracionales; culpas que nos separan; nombres que nos distancian; asuntos que deben sanar. Las heridas deben ser nombradas para ser curadas. Concilio y renovación. Todos tenemos derecho a la libertad de escuchar y ser escuchados con respeto. Ojalá, podamos encontrarnos, mirarnos a los ojos y decirnos, cara a cara, nuestra particular verdad... sin fronteras.
La Verdad (Carlos Varela) Nostradamus nunca tuvo la verdad ni los Beatles, ni Galileo. Hare Krishna nunca dijo la verdad ni Jesús, ni Julieta, ni Romeo. Los poetas nunca escriben la verdad ni la Biblia, ni los diarios. Los profetas no adivinan la verdad, ni los pobres, ni los millonarios. La verdad de la verdad es que nunca es una ni la mía, ni la de él, ni la tuya. La verdad de la verdad es que no es lo mismo parecer que caer en el abismo de la verdad. Los maestros nunca enseñan la verdad ni los reyes ni los Mesías. Los ejércitos no tienen la verdad ni las leyes ni la astrología. La verdad de la verdad es que nunca es una ni la mía, ni la de él, ni la tuya. La verdad de la verdad es que no es lo mismo parecer que caer en el abismo de la verdad, de la verdad. Articulo original en:
http://www.elmundo.es/elmundo/blogs/habaname
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